Un paseo por Cabudare

Pensaba, por el camino, que cuando decimos Cabudare, normalmente estamos refiriéndonos a todo el conjunto de las Parroquias que conforman el Municipio Autónomo Palavecino, con los Núcleos Urbanos de Los Rastrojos, La Piedad y Agua Viva, aun más allá incluimos el área rural con Coco e’ Mono, El Palaciero, Los Naranjillos y La Montaña, que hoy en día muestran una mezcla de lo rural y lo urbano difícil de desligar. Esta misma condición la exhiben los caseríos ubicados hacia el norte: Papelón, Chorobobo, Marazul y El Taque.

Esta y otras han sido las consecuencias del acelerado crecimiento urbano de los últimos veinticinco años; para aquel entonces Cabudare y Los Rastrojos ya se habían unido por el sector Los Pinos pero conservaban sus características de pueblo; a partir de allí, para bien y para mal, se produjo una explosión demográfica impulsada por el auge de la construcción de Urbanizaciones y Conjuntos Residenciales para todos los niveles socioeconómicos. Para bien porque muchas familias han encontrado donde resolver su problema habitacional, para mal porque los servicios no han crecido en función de la expansión de la ciudad, impidiéndole su desarrollo como tal. Somos muchos los que dormimos en Cabudare y muy pocos los que hacemos vida aquí. Hay muchos aficionados al cine pero no contamos con ninguna sala de cine. No se cuenta de manera suficiente con áreas de recreación y algunas no son usadas de manera eficiente por temor a la delincuencia como pasa con los espacios públicos en general.

En medio de estas reflexiones llegué a la Plaza Bolívar de Cabudare, espacio público que todavía es disfrutado por los parroquianos, aprovechando la sombra que proyecta la fronda de sus árboles; allí el Padre de la Patria, de cuerpo entero, se yergue sobre el pedestal recordándonos su grandeza, a su izquierda la Iglesia de San Juan Bautista nos muestra su arquitectura de aire colonial, hacia el oeste, apenas a una cuadra, se encuentra el Ateneo, promotor por excelencia de la Cultura y el Arte locales y regionales.

Recordé entonces la actividad que suele realizar el Ateneo “Contemos bajo La Ceiba” y decidí llegar hasta el lugar donde realizan dicho evento. La plaza La Ceiba, ubicada en el puente San Nicolás en la intersección de la Av. Libertador con la calle El Matadero. Este espacio que ha comenzado a ser rescatado por el Ateneo apunta hacia convertirse en ícono de la actividad cultural.

Sin muchas ganas de abandonar el cobijo de la majestuosa ceiba me dirigí a Plaza La Cruz, invadida hoy por la economía informal y el proselitismo político, un pequeño espacio que constituye el emblema representativo del centro de la Ciudad, debe ser rescatado para el ciudadano. No pude tomar fotos del monumento de La Cruz porque lo tapaba un toldo y una pancarta, así que decidí trasladarme a Los Rastrojos, antiguos dominios de Lope de Aguirre.

Ya en Los Rastrojos, disfruté un rato de ese mágico refugio que conforman la Plaza Bolívar y la Iglesia, testigos de muchos años de historia; el busto del Padre de la Patria surge imponente del claroscuro. Frente a la Iglesia, solitario, el pedestal que otrora sostenía la cruz de la hija de Aguirre, señalando el sitio donde ocurrió una de las tantas tragedias que marcaron sus vidas.
De regreso al centro, en un Minibús o Taxi como acostumbramos decirle por acá, pasamos frente al Cuerpo de Bomberos, hogar de hombres y mujeres que, a pesar de las limitaciones, dedican su existencia a proteger la vida y bienes de la colectividad. Un ejemplo de vocación y abnegación digno de ser emulado en nuestro quehacer cotidiano.
El Taxi me dejó en el sitio más emblemático, que junto con la Plaza La Cruz y la Av. La Mata conforma el marco de referencia para toda la Ciudad. La Entrada o El Semáforo de Cabudare como se le conoce desde los 80 cuando era el único semáforo en varios kilómetros a la redonda. Está sobre la vía que conecta a Barquisimeto con los Llanos Occidentales, razón por la cual es un improvisado Terminal de Pasajeros, hay Estaciones de Servicio, ventas de comida rápida y un sin número de vendedores ambulantes que luchan día a día para ganarse el pan. Aquí se puede medir el pulso y la temperatura de toda la actividad cotidiana, custodiado por los Ilustres, este lugar es el corazón de Cabudare. Desde este bullicioso lugar emprendí el regreso hasta mi Solar desandando mis pasos y pensando en próximos paseos que nos lleven a los muchos lugares que conforman esta cambiante Ciudad y nos permitan ir descubriendo a su gente.